Insuficiente en Salsa/Sobresaliente Alto en Cumbia.
Llevo dos meses viviendo en Xalapa, Veracruz. Ha sido un cambio grande: nueva ciudad, nueva dinámica de vida, nuevas y viejas amistades. Dejé atrás seis años en Guadalajara, donde tenía muy buenos amigos y cierta estabilidad laboral. Pero tomé la decisión del cambio para alcanzar otras metas.
Estas vacaciones decidí tomar clases de salsa. Queria tener la oportunidad de conocer gente en Xalapa, pero también enfrentar algunos traumas y aprender a moverme diferente. Siempre he querido bailar salsa, pero nunca me había dado el tiempo ni el valor. Ví un anuncio en redes social, casi como dirigido a mi "¿siempre has querido aprender a bailar salsa? Esta es tu oportunidad" Soy, dije y me inscribí. Las clases se imparten en la planta alta de un bar escondido en un callejón del centro. Al llegar, me presenté con el instructor y, sin mucho preámbulo, me puso con una chica que también era principiante. Me enseñaron la postura, cómo colocar la mano en el omóplato para guiar a la pareja y el conteo básico: 1-2-3 / 5-6-7. Ese primer día todo fue diversión. Salí con fe de que me iba a convertir en el mejor salsero del mundo (imaginé el movimiento sabroso de hombros y brazos). Sin embargo, mis pies tenían otros planes.
El segundo día no pude hilar una combinación que para el instructor era sencilla. Toda la semana fue así: él encima de mí, presionándome, mientras los otros ya dominaban tres evoluciones y yo apenas una. Le llegué a decir con calma que me tuviera paciencia que estaba aprendiendo a moverme. Pero termine por frustrarme. El jueves por la noche regresé a casa después de la clase y practiqué dos horas con los Van Van a todo volumen: 1-2-3 / 5-6-7, más y más rápido. No pude dormir, dándole vueltas a qué estaba haciendo mal.
El viernes caminé a clases en mente con el 1-2-3/ 5-6-7 / cada vez más obsesivo haciéndolo parte de mi toc (sí, tengo uno, pero es otra historia). Esa noche era una especie de “examen” para aprender nuevas secuencias, así que toc, toc, toc,/ toc, toc, toc/. El instructor le pidió a otra chica —también maestra— que me ayudara a mí y a otro compañero a detectar error en la mecánica. Ella corrigió mi postura, me enseñó a tomar bien a la pareja, y por fin entendí la última evolución. Me sentí un poco más seguro… hasta que tocó bailar con música. Perdí el ritmo varias veces. Vi en los ojos de los instructores esa mueca de desaprobación.
A mi mente llegaron los recuerdos de cuando pisé a mi pareja en el festival del Día de las Madres en primaria, cuando perdí el paso siendo chambelán en los XV de mi mejor amiga o cuando en las tardeadas de la secundaria a media canción me decían que iban al baño o estaban cansadas. Acabó la clase y me fui derrotado toc, toc, toc/...
Esa misma noche había quedado de ver a mi amiga Ilse. Me llevó a conocer el Cauz, un foro en una cafetería donde tocan bandas de jazz y otros géneros. El lugar tiene una gran acustica. Esa noche tocaba "La Gran Locumbia". Nunca los había escuchado, pero entramos por la anecdota. Justo le contaba a Ilse de forma irónica mis traumas, de cómo mi mente quiere bailar pero mi cuerpo no obedece. Luego de una lesión en la rodilla derecha que no rehabilite bien tuve que parar hasta de trotar o correr por un tiempo (siempre la puta rodilla). Debido a mi ritmo de vida sedentaria los dos últimos años desarrolle síndrome del músculo piramidal (o falsa ciatica depende a cual de mis tres fisios le pregunte por un diagnóstico). En Xalapa he intentado volver a activarme, a moverme, voy a trotar todos los días, camino mucho y no paro de estirarme. La salsa me ilusiona porque era ese poder moverme con confianza, que incluye poder sacar a alguien a bailar donde sea, y ser parte del 1-2-3 / 5-6-7. Y no del toc toc toc/
Todo eso me daba vueltas en la cabeza cuando empezó a sonar ese compás primitivo y machacado de la cumbia: 1-2 rebota 3-4 / 1-2 rebota 3-4. Un trío en el escenario del Cauz lo tocaba con una cadencia hipnótica. Los músicos cada uno en su trance pero sincronizados en ritmo. Al principio, del evento sólo había lugar en la planta alta, pero al liberarse una mesa frente al escenario la hostess nos hizo pasar. Fue como destino.
Lo que pasó ahí fue como un embrujo. "Se cancela la salsa" le dije a Ilse , "soy de la cumbia". Y es que las pentatónicas de la melodía, el bajo profundo y la batería energica me transportaron a otra dimensión. Olvidé mi nota "insuficiente en salsa" por un momento y recordé las cumbias que bailé en mi juventud con mis amigos, cuando me dejaba llevar, sin juicio, sin técnica, sólo cadencia. Me recordé como una ola, uno con el mar.
De pronto me pare a bailar. Me devolví el cuerpo. Recordé que se moverme. Que el ritmo, aunque parezca perdido, siempre encuentra la forma de regresar.
Fue una epifania
“Muévete, no pares de moverte.” Y lo hice. Y en esa experiencia musical llena de sabor, -puro wepaje- encontré algo que no estaba buscando: el permiso para disfrutarme.
Anoche aprendi que quizás no necesitaba clases de salsa, ni el permiso de un instructor para moverme, pero regresaré el lunes al segundo piso del bar del callejonpara bailarle en su cara. Gracias La Gran Locumbia.
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