Siempre con los muertos
Siempre con los muertos
Cada cultura tiene sus propias maneras de enfrentar y procesar los aspectos relacionados a la vida y la muerte. Los rituales y costumbres relacionados a estos dos aspectos trascendentales de la vida humana dicen mucho sobre los procesos de reproducción social de cada grupo o sociedad. A través de esas prácticas se incluye o se inician a los individuos en la esfera de lo social, se les personifica o genera una identidad y se vinculan a otras personas como los familiares, se les hace parte de una comunidad religiosa, por ejemplo. Por otro lado, también se les despide o se les aparta de un grupo, ayudan a procesar el dolor ante la pérdida de un ser querido y se asignan nuevas posiciones sociales.
Una de las costumbres y tradiciones que sintetiza la idea generalizada que hay en México sobre la muerte es el altar del día de muertos. En el país hay una gran diversidad de prácticas para celebrar esta fecha, así como, la forma en que se elaboran los altares y las ofrendas para los difuntos.
Con motivo de que en fechas pasadas celebramos a nuestros muertos, me gustaría compartir algunas de mis observaciones realizadas en una comunidad wixarika acerca de la relación que esta cultura y su gente tiene con sus difuntos, ancestros y deidades.
Hasta hace relativamente poco, los wixaritari de Jalisco adoptaron la celebración del Día de muertos. Esto gracias a la influencia de las escuelas públicas en sus comunidades. Los concursos de altares o la elaboración de calaveritas literarias son algunas de las estrategias que los maestros usan para enseñar a sus alumnos. Ahora es común que el día 2 de noviembre las familias wixaritari visiten las tumbas de sus familiares y amigos para compartir con ellos comida y bebida. Es un día para recordarlos de manera alegre.
El que la educación haya impulsado estas tradiciones mexicanas no significa que en su costumbre no se tenga una relación con los muertos. Por el contrario, sus ancestros viven con ellos en altares especiales dentro de sus ranchos; ellos pueden brindarles salud o enfermedad si no se les cumple la entrega de sacrificios de reses, aves de corral, venado u otras penitencias impuestas como los ayunos o la abstinencia sexual.
A lo largo del año, los wixaritari brindan diversas ofendas tanto a deidades como a parientes difuntos antes de iniciar los trabajos agrícolas del desmonte, quema del campo y la siembra; también lo hacen antes de celebrar cada fiesta, por lo que la relación con ellos no termina, es constante.
Los rituales post mortem de los wixaritari son un largo proceso o camino, como ellos lo explican en español. Luego de morir, el difunto es velado por sus familiares durante un día y una noche. Antes de ser sepultado, el cuerpo sin vida es cargado por sus familiares y amigos quienes lo llevan a recorren por última vez el rancho que habitó en vida; en ese acto se despide de Tatewari, el abuelo fuego que se ubica en el centro del patio de la casa en forma de hoguera.
Cuando un niño o niña muere, su cuerpo es llevado a recorrer la escuela y las calles donde jugaba. En ambos casos se trata de una despedida, para que el alma del difunto inicie su viaje hacia el lado oscuro del cosmos wixarika, asociado a la costa de Nayarit y no se quede vagando entre ellos.
Luego de haber transcurrido 5 días de la muerte de una persona (pero pueden pasar meses) la familia organiza una ceremonia en la que un Mara´akame ayuda al ´iyari o alma del difunto a emprender el camino ya mencionado. A las personas que en vida tuvieron conocimiento chamanico se les puede realizar otra fiesta pasados 5 años (o más), en la que su alma es depositada en un cuarzo u otra piedra; con esto pasa a ser uno de los ancestros a los que la familia extensa les rinde culto y de entonces en adelante se comunicará con los parientes vivos.
Los ancianos me han platicado que en el pasado, la gente tenía la costumbre de depositar a los muertos en las cuevas de los barrancos cercanos a donde viven. Solo una persona me comentó que el objetivo de que los cuerpos fueran llevados a alguna cueva era para que los animales como lobos o coyotes los devoraran y así poder regresar a la naturaleza. Entre los mismos wixaritari los significados de sus prácticas son muy diferentes.
Considero que durante la fiesta de la cosecha llamada Wikwamaxa hay una relación muy estrecha entre vivos y muertos. Por un lado, los niños son iniciados para convertirse en personas. Cada año realizan una peregrinación onírica hasta Wirikuta, (desierto de Real de Catorce) donde son presentados con las deidades y ancestros que ahí moran. El viaje es guiado por el sonido de un tambor y el canto del mara´akame que cuida a cada niño. Luego, en la noche se baila con los elotes y calabazas al rededor del fuego central; este acto es el Tatei Neixa; al amanecer los frutos cocidos se ofrecen por primera vez a las deidades y ancestros, porque como ya mencioné, siempre están entre ellos, vigilándolos. En la celebración de este ritual se usa la flor llamada puwari para adornar las puertas de los adoratorios y el altar. Dicha flor es amarilla y su olor es similar a la de cempaxúchitl. Al menos a mí me recuerda algo al día de muertos.
En su vida cotidiana y en relación a sus creencias, mis amigos wixaritari tratan de cumplir en su totalidad con las peticiones que deidades y ancestros hacen durante las fiestas, para así no quedar en deuda con ellos. Al mismo tiempo es constante porque los parientes muertos regresan, a veces nunca los abandonan. La cultura Wixarika carece de un día especifico para celebrar a los difuntos porque en sus fiestas y costumbres siempre se les tiene presentes.

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